HISTORIA DE LA CONGREGACIÓN



En la sociedad de la ciudad de Bogotá, Colombia, del comienzo del siglo xx, la noble familia Alvarado Pontón se convierte en la cuna de quien años más tarde, fuera la mujer visionaria y audaz que supo mirar con mirada de evangelio y leer desde esta perspectiva, la realidad social de esta época. Esta mujer es María Sara Alvarado Pontón.

Sara Alvarado pontón, desde la humildad, el silencio y en fidelidad a Dios, se constituye en fundadora de una familia religiosa, las Hermanas Dominicas Hijas de Nuestra Señora de Nazareth, comprometiéndose a hacer vida en su vida, la página del Evangelio que Dios mismo le inspira: la vida oculta de Jesús en Nazaret y en la Sagrada Eucaristía.

Como mujer carismática tuvo la visión y la capacidad que sus seguidoras se sintiesen identificadas con ella; las motivó y entusiasmó en la realización de un mismo ideal: servir a Dios en la vida religiosa. Después de hacer un serio discernimiento, el 11 de febrero del año 1938, María Sara decide salir de su casa paterna para ir a lo incierto —considerado humanamente— atraída solo por el amor a Dios y el bien de muchas personas. Con fe incondicional y con plena confianza,  que todo es obra de Dios, se dirige a la hacienda San Gregorio —hoy Casa General— con el propósito de hacer un retiro espiritual y emprender la Obra que Dios le inspira.

Sin desconocer toda clase de sufrimientos, se dan pasos firmes en la consolidación de la Congregación Dominicas Hijas de Nuestra Señora de Nazareth, al mismo tiempo que se va escribiendo la historia con su fundadora Madre María Sara Alvarado Pontón. Con el apoyo de tres jóvenes empleadas comienza su obra como Fundadora. Mantuvo el entusiasmo en su trabajo por esta causa, el fuego encendido en el amor a Cristo, revelado en la Eucaristía y se empeñó apasionadamente para vivir en profundidad este misterio de amor y enseñarlo a sus contemporáneos. Con su orientación y con la humildad y sencillez de estas jóvenes, constituyen el núcleo del naciente Instituto.

 El 25 de marzo de este mismo año, en el Barrio de las Cruces de Bogotá, en medio de la pobreza, Sara y las tres jóvenes comienzan una nueva experiencia de vida grupal. Ellas se ocupan en el trabajo doméstico y Sara como colaboradora en la formación de las empleadas del Sindicato doméstico católico, movimiento social, cimentado en la experiencia de la Acción Católica, inspirada en los principios de la Doctrina Social de la Iglesia, y cuyo Asistente Eclesiástico era Fr. Eliécer Arenas Santos, O.P. En este momento no se vislumbra externamente, ningún asomo de vida religiosa, solo se está gestando y alimentando en el espíritu y corazón de Sara y sus discípulas.

María Sara, desde la lectura y mirada atenta de los signos de los tiempos, da una respuesta acertada a una de las necesidades más apremiantes de la época. Fiel al llamamiento da comienzo a la Obra, dedicándose a la formación de las empleadas que llegan a la ciudad en busca de trabajo, a la atención a quienes quedan sin trabajo, o a las que salen de hospitales y requieren un cuidado especial y por último, a quienes por avanzada edad o enfermedad no pueden trabajar.

Dada su formación pedagógica va ampliando su radio de acción, dedicándose a la formación y educación de los niños y jóvenes; más tarde, abre sus puertas a otros campos, que le permiten dar respuestas concretas a las necesidades de la realidad en su momento. Así nacen los hogares para las personas mayores, las obras dedicadas a la educación y posteriormente la misión en otras formas de expresión. Dentro de esta gama de posibilidades de servicio, considera también importante el servicio al sacerdote anciano, enfermo o necesitado de algún cuidado espiritual o material. Su Obra estará siempre al servicio de todas aquellas personas que se encuentran marginadas, desplazadas y sufrientes.